Millones de
espectadores regionales y, especialmente, venezolanos tanto dentro de Venezuela
como en el exilio habían puesto sus esperanzas en que las recientes elecciones
generales del 28.07.24 podrían poner fin a 25 años de Castro-Chavismo en su “variante
madurista”. Este régimen ha estado plagado de escándalos de megacorrupción,
narcotráfico, persecución política, terrorismo, entre otras degradaciones.
Desde Bolivia, basándonos en nuestra experiencia actual, podíamos pronosticar
que un perfil de dictador como Nicolás Maduro difícilmente respetaría un
resultado que no le fuera favorable y que tampoco dejaría el poder
democráticamente.
Para empezar, el
Madurismo proscribió a la candidata María Corina Machado, con mayores
posibilidades electorales de victoria desde Henrique Capriles. Y luego volvió a
vetar a su sustituta, Corina Yoris, de la forma más absurda. Por lo que se tuvo
que optar por Edmundo González Urrutia.
Otro síntoma más
estructural fue que el régimen de Maduro impuso múltiples condiciones para
evitar que los 5,2 millones de venezolanos en el exterior (que migraron a
partir de 2014 debido a la multi crisis socioeconómica y política) pudiesen
habilitarse para votar. Sabiendo que quienes dejaron Venezuela serían votantes
potencialmente opositores. El Consejo Nacional Electoral (CNE) contaminado
políticamente había anticipado que, de ese universo de venezolanos en edad para
votar, apenas “69.211 habían sido habilitados”; y que de estos tan solo “6.528
pudieron inscribirse y actualizar sus datos en el Registro Electoral
para votar en el exterior.” (Infobae, 2024)
Luego, ya en vísperas
el candidato a la reelección Maduro había infundado temor a la población
sentenciando que “habría un baño de sangre” de llegar a perder.
El día de la “simulación
electoral” llegó. Cientos de venezolanos habían pernoctado haciendo filas para
poder sufragar temprano, y en las primeras horas se difundía una apócrifa
encuesta a boca de urna de una empresa fantasma que daba un ficto “55%” a
Maduro y un “34%” a González, y que los ex Presidentes Evo Morales y Rafael
Correa habían reposteado en sus cuentas en la plataforma X de forma coordinada.
Dichos porcentajes no fluctuaron mucho de los que finalmente su CNE anunció al
“80 %” del escrutinio muy entrada la noche, y ante una ola de denuncias por
parte de los testigos electorales de oposición que fueron violentamente
expulsados de los recintos cuando la tendencia era favorable a González y se
cortó la transmisión de datos.
Sumado a esto, el Jefe
del Comando de Campaña de “Venezuela Nuestra”, Jorge Rodríguez, si bien no
podía anunciar resultados antes que lo hiciera la CNE, había sonreído, indicando
con ello que preconocían que llevaban “ventaja” pese a los datos de la
oposición. Y, por si fuera poco, el otro alto dirigente Chavista, Diosdado
Cabello, había deslizado que no reconocerían la victoria de la oposición.
Finalmente, denominé “simulación
electoral” porque estos dictadores si bien usan las formas de la democracia
como son las elecciones para llegar al poder político, luego no se los puede
botar votando democráticamente por su angurria eternalista.
Autores como S. Levitsky llaman a este comportamiento simulado “autoritarismo competitivo”. Que es un régimen político en el que, aunque existen elecciones y algunos elementos que dan apariencia democrática, las condiciones no son justas, equitativas ni transparentes. Los gobiernos de estos regímenes utilizan el control sobre los medios de comunicación, la manipulación de las instituciones electorales y otras tácticas para reproducir su corrompido poder y asegurarse de que la oposición no pueda competir en igualdad de condiciones. Este tipo de sistema se caracteriza por la presencia de elecciones aparentes, pero en la práctica están diseñadas para favorecer a quienes detentan el poder; limitando/anulando la capacidad de la oposición para ganar y, por lo tanto, perpetuando así un régimen autoritario, vitalicio y vicioso.
Publicado en El Deber
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