jueves, 28 de mayo de 2009

Los orígenes constitucionales norteamericanos y su detracción con lo democrático.



“La propensión conocida de una democracia es hacia 
lo licencioso [excesiva permisividad], lo que los ambiciosos piden, y lo que los ignorantes creen que es libertad.” 
Fisher Ames

No cabe duda que la reciente pendencia electoral suscitada en Norte América rubrica un sorprendente capitulo dentro de su consabida historia política. Un mulato demócrata, altamente comerciable por su condición de tal, se impone frente a un fósil pero heroico republicano blanco.

Sin embrago algo que el común de la gente desconoce y reiteradas veces lo hace participe en los debates domésticos, o exclama a costa de ello una inclinación partidista, queda al margen de la frágil memoria colectiva. 
Me refiero al fundamental precedente en los orígenes políticos de Norte América. Los “padres fundadores” nunca concibieron a la democracia como elemento principal o fin último de su nacimiento constitucional. El sentimiento independista se fecundaba en la idea de libertad, libertad frente a la corona británica y sus vejámenes. Lo que su pertinente criterio les permitió fue más bien distinguir Democracia y República, inclinándose rotundamente por esta última.

El tópico en discusión antes de la Convención de Filadelfia de 1787 y después de ella, fue la intensidad con la que el pueblo intervendría en los asuntos de gobierno. Una vez obtenida su libertad respecto del Imperio Británico, debían protegerla de un problema en su naturaleza mayor al anterior. Tendrían que preservar su preciado valor -libertad- frente a los caprichos y burdos deseos de su mismo pueblo. 

Varios signatarios del Acta de Independencia y muchos otros arquitectos de la reciente nación fueron vehementes detractores de lo democrático. Uno de ellos fue John Adams, quien dentro de su laboriosa contribución advirtió en lo democrático un sistema de gobierno que históricamente ha terminado, donde fuere, en tiranía y caos. 

El defecto en lo democrático se produce al confundir la esencia procedimental de la democracia, efectiva si para seleccionar gobernantes, con la idea de democracia como un sistema de gobierno. Así los fundadores concibieron a lo democrático y en consecuencia se otorgaron una República, con la cual garantizasen su más preciado valor, la libertad y buscasen su felicidad. Zephaniah Swift distingue la democracia como un gobierno por el pueblo, en antípoda posición al gobierno de representantes que no se gobierna por el pueblo, sino por representantes que son electos por el pueblo. Este rasgo de representatividad fue correspondido por los intelectuales de la época como esencia de lo republicano. 

Los fundadores prefirieron someterse al gobierno de las leyes, antes que corromperse con la permisividad que invita un gobierno por los hombres. 
Concluyendo, las más de las veces demandando lo uno -democracia- buscamos lo otro -libertad-. Eximiéndonos de un sensato y necesario distingo entre ambos conceptos, que permita evitar el defecto y ubicar al proceso democrático en sus verdaderas dimensiones.

 

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