“Estamos creando como Estado un nuevo mecanismo de valoración meritocrática que incorpora distintas áreas: el académico, el social y el ético, y eso me parece correcto. Durante años atrás, en los tiempos del neoliberalismo, no sólo se loteaban los jueces y los fiscales, también se loteaban las maestrías, las consultorías, los viajes y los estudios (...). Por eso buena parte de los méritos académicos no está en los mejores, está en los apegados al partido de turno. Para socializar y para equilibrar, vamos a tomar en cuenta los méritos académicos. Pero junto con ellos tiene que haber méritos de carácter social y de carácter ético, que ayuden a equilibrar una muy buena designación”*
El vicepresidente García Linera anunciaba a la prensa y al público la concepción de una novísima idea de mérito y a la vez establecía que la “virtud tendría tres aspectos” (“el académico, el social y el ético”) se repite. Como si mérito equivaldría a virtud y viceversa. Extraño no es tropezar con vagadas acepciones que inclusive valoran a la virtud como sustantivo de mérito. Pero García Linera fue más allá del inocente tropiezo, para gramscianizar (supongo) la esencia de un valor -no materialista- otorgado por la razón y espíritu griego como la Areté**.
Que en grandes trazos se entienden diferentes en tanto que mérito implicaría la suma de condiciones (pueden sí ser: académicas, sociales, sindicales, militares, terroristas, religiosas u otras), pero no pueden ser correspondidas con lo ético (que hace sí a lo virtuoso). Pues en el caso de la valoración meritocrática de una instancia militar por ejemplo (y más en los presentes días) se puede (de hecho en el grueso de los casos) ponderar situaciones y condiciones que afrentan a la virtuosa ética, el mérito político se muestra de la misma forma; ó el mérito terrorista también, en la ponderación de algún predilecto de Allāh.
Pero sin desquiciar demasiado, bien puede se ponderar meritocráticamente (en la valoración total de requisitos) para la dirección de una instancia como la Aduana Nacional ciertas conquistas desde un amplio margen de rubros u ocupaciones; y que no necesariamente estén intimadas con la ética, pero si más cercanas a la administración o regencia de un equivalente institucional (mérito administrativo-público).
No así debe concebirse, tal vez como un mal cliché, la sencilla elocución virtud y trivalente además. Como si se intentare flexionar olímpicamente la filosofía a una utilidad política mal intencionadamente.
Estimación de valores:
“Los parámetros de calificación aprobados para los postulantes a directores de la Aduana toma en cuenta tres aspectos: formación académica (45 puntos), experiencia laboral afín a la institución a la cual se postula (25 puntos) y experiencia sindical (30 puntos). Elio sostuvo que “organizar personas y manejar instituciones sociales es una de las tareas más difíciles que existe. Estos sectores están dentro de un proceso incluyente”.
Es decir que la carrera administrativa (avalada académicamente o bien por simple transcurso del tiempo en la institución***) queda reducida al fuero sindical.
La intención integralista de un estado plurinacional que persigue el vicepresidente ofende al sentido común.
*http://www.la-razon.com/versiones/20100227_007016/nota_248_960249.htm
** Elocución substracta del primitivo término “agathós”; que se entendía como la condición hidalga de la valentía, ó como la condición homérica.
Ver también en: Aristóteles. Ética a Nicómaco.
*** Que es definitivamente una mala costumbre de la institucionalidad boliviana, pero que a diferencia de la ponderación superior (ipso facto) de lo sindical, resulta como el “mal menor”.
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