El servidor público plurinacional García Linera, tras
el último encuentro de Bolivia vs. Venezuela en el Siles que nos demostró que
aun de locales ni “el fantasma de la altura" quiere jugar con la verde,
sugirió ante los medios: “bótenlos a todos, traigan jóvenes de 15 años y
preparémoslos para el Mundial de 2018”.
Lo dijo como si su permanencia en
el poder político por más de 7 años y con aspiraciones “eternas” no fueran lo
suficientes para cohibirse hablar de “recambio” alguno, y menos en una
disciplina ajena a su “abultada biblioteca”.
Fuera de ello, veremos que el
problema del fútbol boliviano no puede ser resumido a esa expresión palaciega,
ya que es tan complejo como la “crisis democrática” que atraviesa el
oficialismo en estos días.
El público futbolero boliviano,
fracaso tras fracaso, tiende a fijarse, a conformarse, y a exigir -tan solo- a
la selección mayor. Descuidando u obviando en su juicio a la selección sub-20 y
las que siguen, que son (en otras realidades deportivas por supuesto)
“parámetros de la calidad” de procesos jamás iniciados en Bolivia.
En ese entendido, sería
interesante repasar las estadísticas del último tiempo y tratar de hallar si
alguna de las selecciones sub-20 ha podido disputar un campeonato o
subcampeonato del algún torneo en el que haya -tristemente- participado; como
en efecto lo hacen sus similares de los países vecinos, y que se ve reflejado
en sus selecciones mayores.
¿Es una cuestión de suerte?
Desde hace un par de décadas
atrás, el público futbolero boliviano se ha resignado a esperar que surjan
jugadores, medianamente “talentosos” como los del 94’, pero, por generación
espontánea (como ocurre con los precios internacionales de los hidrocarburos).
Ante lo cual es notorio que los dioses o la mera fortuna no están del lado del
hincha boliviano, que históricamente vive esperando que “una generación más le
caída del cielo”.
¿Es una cuestión de cuerpo
técnico?
Si se repasara lo que fue “la
previa” a la designación del seleccionador Xabier Azkargorta y su cuerpo
técnico actual, uno caería en cuenta de que dicha preferencia por el “vasco”,
responde al capricho de “jugador frustrado” y al espíritu de “hincha congelado
en el 94”, del servidor público plurinacional Evo Morales. Que, cada que puede,
se preocupa por mostrar públicamente “cómo se divierte con ex
seleccionados del 94”; mismos que -casualmente- participan del cuerpo técnico
actual, y que inclusive fungen como servidores públicos en viceministerios
inaugurando canchitas del programa “Evo cumple”.
Síndrome de Estocolmo: No se puede dejar de señalar que los
plurinacionales no pudieron cortar el “vínculo sentimental” con sus captores
históricos, los ibéricos. Es sintomático que Evo Morales haya públicamente
influido en la re-contratación del ibérico Azkargorta, al igual que como
Gobierno contrató a “expertos constitucionalistas”, también ibéricos, para que
redactaran la Constitución Política del Estado de 2009 en la Glorieta sucrense.
Evidenciando con ello una vez más
que, los plurinacionales, ni en el fútbol, pudieron “descolonizarse” o
prescindir definitivamente de los emisarios de la península.
¿Es una cuestión de política
deportiva estatal?
Huelga referir que la continuidad
de un proceso en el fútbol boliviano estaría garantizada si acaso se impusiera
una política deportiva estatal/integral (que se focalice en “semilleros” y en
la Liga) por sobre los caprichos de la Federación Boliviana de Fútbol y sus
roscas empresariales circunvecinas al oficialismo más que nunca.
¿Es una cuestión de recursos
socio-económicos?
Uno, víctima de un barato
silogismo, podría inferir que la selección mayor y las menores respectivamente,
no pueden ser sino “el fiel reflejo de la realidad sub-desarrollada” boliviana.
De repente, con mayor certeza, se pueda afirmar que las selecciones de fútbol
son el reflejo de la informalidad e improvisación que gobiernan el qué hacer
del boliviano en general.

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