"El enemigo político no tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo; (...) Es simplemente el otro, el extraño, y le basta a su esencia el constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial especialmente intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con él se tornan posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por una normativa general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un tercero 'no-involucrado' y por lo tanto 'imparcial' ".
¡El
masismo, los masistas y los "tibios", quienes contribuyen -en cierta
forma- a los primeros, son mis enemigos!
Tener
enemigos políticos es saludable, cuando no un derecho, o una facultad devenida
de la voluntad misma de tener por enemigo a alguien o a algo.
Identificar
a los enemigos políticos, y en consecuencia a los amigos, es una medida inherente al ser humano, en todo tiempo. En efecto, el ser humano constantemente
está identificando, diferenciado, no solo entre enemigos y amigos, sino que lo
hace en una infinidad de situaciones, y dicha práctica no debería ser reprochable,
ya que el humano lo hace, seguramente, por un instinto de supervivencia.
La
identificación del enemigo político, que a su vez presupone la diferenciación
con respecto a algo (ideología) o alguien (persona), tiene la misma raíz que la
preferencia o, en su defecto, la repulsión, que alguien pueda tener sobre un
olor p.ej. En ese entendido, es que se debe concebir la identificación del
enemigo político.
Sería
un absurdo intentar oponerse/enfrentarse -políticamente- a algo o a alguien, creyendo
que ese algo o ese alguien “no es un enemigo”. Además si bien usted, en su
buena fe, o en ejercicio de la filosofía Yellow Submarine (yerba, paz y amor),
puede considerar “no tener enemigos”, que también es su derecho, nadie le
garantiza que el otro no lo considere su enemigo, claro, por si a usted le vaya
a importar (o no) saberlo. Y tampoco
evitará que usted, en el transcurso de su rutina diaria, consciente o inconscientemente,
efectúe la misma discriminación/diferenciación de algo o alguien, que se usa
para identificar a los enemigos.
Ahora
bien, no se crea que uno deba identificar al enemigo con el fin de llegarlo a
odiar. No, ya que necesariamente el odio, entre otras razones, genera una
relación de dependencia, e incluso puede convertirse en una necesidad o razón
de existencia. Por ejemplo, mi persona, no odia a sus enemigos políticos,
porque, sencillamente, cuando “dejen de estar”, no los va a extrañar.
Al
respecto, el eminente jurista Carl Schmitt teorizó lo siguiente:“Supongamos que, en el área de
lo moral las diferenciaciones últimas están dadas por el bien y el mal; que en
lo estético lo están por la belleza y la fealdad; que lo estén por lo útil y lo
perjudicial en lo económico o bien, por ejemplo, por lo rentable y lo
no-rentable. La cuestión que se plantea a partir de aquí es la de si hay — y si
la hay, en qué consiste — una diferenciación especial, autónoma y por ello
explícita sin más y por si misma, que constituya un sencillo
criterio de lo político y que no sea de la misma especie que las
diferenciaciones anteriores ni análoga a ellas.
(…)La
diferenciación entre amigos y enemigos tiene el sentido de expresar el máximo
grado de intensidad de un vínculo o de una separación, una asociación o una
disociación. Puede existir de modo teórico o de modo práctico, sin que por ello
y simultáneamente todas las demás diferenciaciones morales, estéticas,
económicas, o de otra índole, deban ser de aplicación. El enemigo político no
tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo; no
tiene por qué actuar como un competidor económico y hasta podría quizás parecer
ventajoso hacer negocios con él. Es simplemente el otro, el extraño, y le basta
a su esencia el constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial
especialmente intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con
él se tornan posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por
una normativa general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un
tercero "no-involucrado" y por lo tanto "imparcial".
En
la realidad psicológica, al enemigo fácilmente se lo trata de malo y de feo
porque cada diferenciación recurre, la mayoría de las veces en forma natural, a
la diferenciación política como la más fuerte e intensa de diferenciaciones y
agrupamientos a fin de fundamentar sobre ella todas las demás diferenciaciones
valorativas. Pero esto no cambia nada en la independencia de esas
contraposiciones. Consecuentemente, también es válida la inversa: lo que es
moralmente malo, estéticamente feo o económicamente perjudicial todavía no
tiene por qué ser enemigo; lo que es moralmente bueno, estéticamente bello o
económicamente útil no tiene por qué volverse amigo en el sentido específico,
esto es: político, de la palabra. La esencial objetividad y autonomía de lo
político puede verse ya en esta posibilidad de separar una contraposición tan
específica como la de amigo-enemigo de las demás diferenciaciones y
comprenderla como algo independiente.” (El concepto de lo político. 1932. Traducido de la edición de 1963 por Dénes Martos)
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